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Capítulo 11 La mejor madre del mundo

  • Susana frunció el ceño, disgustada. «Esta muda no se echará atrás!» pensó para sí misma.
  • —Los sirvientes te han visto hacerlo. ¿Aún quieres excusarte?
  • «Ellos estaban lejos en el vestíbulo delantero cuando Ámbar cayó en el estanque. ¿Tienen clarividencia? Ni siquiera se molestó en decir una mentira más convincente», pensó Delfina. Tenía la mandíbula desencajada. No se creía una excusa tan ridícula.
  • El ambiente se puso tenso. La familia Echegaray dijo a propósito que la cámara de vigilancia estaba rota, pero Delfina no podía hacer revisar los videos de vigilancia por la fuerza. Justo en ese momento, una voz familiar y suave habló desde detrás de ellos.
  • —Puedo probar que ella no la empujó.
  • Delfina se quedó atónita cuando vio quién hablaba. «¿No es... el doctor Peralta?»
  • El joven delgado caminó hacia ellos y llegó al lado de Susana. Dijo:
  • —He vuelto, mamá.
  • Susana sonrió con alegría al instante mientras cogía cariñosamente el brazo de su hijo.
  • —¿No se suponía que ibas a volver esta tarde, Julián? ¿Por qué has vuelto antes?
  • Julián contestó con una sonrisa:
  • —En realidad volví hace dos semanas, pero estuve un tiempo de interno en el hospital. Volví hoy para darte una sorpresa, pero no esperaba encontrarme con una escena así. —Mientras hablaba de esto, sus ojos se posaron en Ámbar, y su sonrisa se desvaneció un poco—. Te vi perfectamente caerte al estanque sola. ¿Por qué acusaste a la señorita Murillo de empujarte?
  • Todos se quedaron atónitos al escuchar sus palabras. En particular, Ámbar tuvo un ligero cambio de semblante, y se mordió el labio.
  • —Yo... yo... sentí que Delfina me empujó. Quizás... me equivoqué.
  • La señora Dávalos estaba a punto de decir algo, pero Susana la silenció al instante con una mirada. Después de todo, ella sabía lo testarudo que era su hijo. Ahora que lo había visto, la tensión sólo aumentaría si los demás seguían engañándolo. Al pensar en esto, se giró para mirar a Delfina en actitud de desaprobación.
  • —Ustedes son hermanas. Ella no es una extraña, así que un pequeño malentendido no es un gran problema.
  • Ámbar asintió enérgicamente mientras aprovechaba la oportunidad que Susana le había dado para salir de la incómoda situación.
  • —Así es, Delfina. Debo haber confundido a otra persona contigo, y lo siento. No te lo tomes a pecho.
  • Sin embargo, Delfina no quería aceptar la disculpa superficial de Ámbar, así que no le dirigió a ésta ni siquiera una mirada de respuesta. En cambio, fijó sus ojos en Julián. «Este hombre me ha ayudado una vez más», pensó para sí misma. Le dio las gracias con un gesto.
  • Como comprendió lo que significaba su gesto, Julián asintió a Delfina. En realidad, él también se sorprendió al principio. No esperaba que la dama a la que había conocido una vez en el hospital y con la que se sentía bien predispuesto fuera su prima política. Por alguna razón, tuvo una extraña sensación. Era como si le pareciera lamentable. Sin embargo, no le dio mucha importancia, ya que sólo pudo volver a mirar a Susana.
  • —Dejemos el asunto aquí, mamá.
  • Susana comprendió que Julián no quería que siguieran. «Ese es el tipo de persona que es. Siempre interviene cuando se encuentra con una injusticia debido a su sentido particularmente fuerte del bien y del mal», pensó para sí misma. Como no quería disgustar a su hijo por un asunto tan trivial, asintió con una sonrisa y respondió:
  • —Vamos. Hace muchos años que no te veo, así que vamos a tener una buena charla.
  • La multitud se fue entonces de a poco, dejando sólo a Delfina y a Ámbar en la escena. Ámbar se levantó del suelo y miró a Delfina con una mirada un poco peculiar.
  • —¿Conoces a Julián?
  • Sin embargo, Delfina la ignoró.
  • Ámbar bromeó:
  • —Como era de esperar, tú y tu madre son de la misma calaña. —A continuación, se marchó, dejando atrás a una Delfina de aspecto frío.
  • Desde que Delfina se fue a vivir con la familia Murillo, hace más de diez años, Ámbar la había acusado de ser la hija de una zorra, insinuando que su madre la había engendrado seduciendo a Gerardo. Cuando Delfina era pequeña, deseaba poder decirles que su madre no era ese tipo de persona. Su madre no sólo tenía un carácter apacible, sino también talento y conocimientos de literatura. ¡Era la mejor madre del mundo! Sin embargo, no fue hasta que creció que descubrió lo tonta que había sido. ¿Por qué se preocuparían por la verdad unos chupasangres que no sabían distinguir el bien del mal?